Tengo tantas cosas que quiero decir, pero solo voy a dejar las que importan.
He crecido y creído en querer ser normal, y perdí tanto tiempo en ello que me costó construir mi identidad. Sentirme alguien.
Recuerdo que he llorado.
Recuerdo haber sentido vergüenza.
Recuerdo haber tenido que ocultarme.
Recuerdo haber intentado buscar explicaciones absurdas.
Recuerdo enojarme conmigo mismo.
He sufrido.
Y hoy estoy tranquilo.
Ese miedo tácito al qué dirán. Ese terror a los prejuicios y al rechazo. La tortura psicológica de aquello que está bien y que está mal. Lo que sos y lo que debes ser.
Hasta he creído que era anormal, que estaba enfermo, que sería pasajero.
Pero lo evidente es que ser homosexual no es algo que se construya, ni que se aprenda, ni que se elija, ni mucho menos que se pueda cambiar. Simplemente se es.
Ese ideal aprendido de que el ideal de amor verdadero es ese y ningún otro.
Haber destruido esa imagen falsa de la felicidad me llevó un período de prueba y error que solo ayudó a abrirme los ojos. La felicidad no es ser quien quieren que seas, sino ser quien sos. Ahí fue cuando decidí ser yo mismo, sin aclarárselo a nadie, y tomar las cosas por sentadas aunque con el tiempo lo aclaré para con los que tenía interés en que me conozcan por quien soy.
Me prometí nunca ser orgulloso, pero hoy siento orgullo de haber nacido en estos tiempos y de ser partícipe del cambio. Obviamente que los prejuicios seguirán existiendo.
Quizás a muchos no le importe, pero para mi de ahora en más ser homosexual no es ni una vergüenza ni un privilegio, simplemente (como dijo Bazán) ser homosexual no es nada.
Nada
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